6 de Agosto
Ramillete espiritual: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.» Jn 15, 14
Mateo, Marcos y Lucas, nos narran, con la diferencia de algunos ligeros matices, el acontecimiento de la Transfiguración. Jesús había hablado a sus discípulos de su inminente pasión y muerte. Y para que no vacilasen en la fe, invita a tres de ellos, Pedro, Santiago y Juan, a subir con Él al monte Tabor, precisamente los tres que verían su agonía en Getsemaní.
En el Tabor les mostró el Señor su gloria y esplendor, a la vez que Moisés y Elías se aparecían hablando con Jesús. Allí se transfiguró delante de ellos. Su rostro brillaba como el sol, y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no es capaz de blanquearlos ningún batanero del mundo, según precisa plásticamente el evangelista San Marcos.
Entonces intervino Pedro y dijo a Jesús: Señor, qué bien estamos aquí. Si quieres, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pero aquello no era más que un breve episodio. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube, que decía: Éste es mi Hijo amado en quien tengo puestas todas mis complacencias. Escuchadle.
Esta voz les confortaría en el momento de la prueba. Nunca la podrían olvidar. Sobre todo Pedro, que escribirá más tarde: Esta voz traída del cielo, la oímos nosotros, estando con Él en la montaña sagrada.
La voz del Padre es apremiante. Si Jesús es el Amado en quien tiene puestas todas sus complacencias, quiere decir que sólo se complacerá el Padre en nosotros en cuanto nos parezcamos a Jesús, en cuanto le imitemos, en cuanto reflejemos su imagen, y reproduzcamos sus gestos y palabras.
Sólo se complacerá el Padre en nosotros, si escuchamos a Jesús, que es su Palabra, pues, como dice la Carta a los Hebreos, en múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios a nuestros padres en tiempos de los profetas, pero ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y es el reflejo de su gloria.
San Juan de la Cruz comenta agudamente estas palabras: Como el Padre nos dio a su Hijo -que es una Palabra suya, que no tiene otra- todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra y no tiene más que hablar. Que Dios ha quedado ya como mudo, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas, ya lo ha hablado en Él todo, dándonos el todo que es su Hijo. Sería pues una desconsideración ir pidiendo a Dios nuevas revelaciones, puesto que todo nos lo tiene revelado ya en su Hijo: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo puestas todas mis complacencias. Escuchadle.
Algunos Santos Padres aportan una curiosa interpretación a la Transfiguración. Jesús, dicen, siempre estaba transfigurado, su divinidad irradiaba siempre a través de la envoltura de la naturaleza humana, su rostro siempre estaba resplandeciente -"ese halo luminoso que despiden las almas más santas"-, pero los discípulos, enredados en problemas de preeminencias, enfrascados en pequeños detalles, mezclados entre multitudes, entretenidos en pequeñas cosas, no podían vislumbrar el brillo del rostro de Jesús.
Bastó que dejaran el espesor del valle, que subieran a la montaña, que dejaran aparte sus minúsculas preocupaciones, que se purificaran los ojos, que miraran más fijamente, sin estorbos, al rostro de Jesús, para que descubrieran el fulgor de su mirada, el rostro siempre radiante de Jesús.
Dice un autor que si el hombre mirara con frecuencia al cielo, acabarían naciéndole alas. Y otro más prosaico afirma que al que sólo mira al suelo le salen cuatro patas. Pero Dios nos dio los ojos para mirar a lo alto.
SANTOS JUSTO y PASTOR
Niños mártires
( + ca. 304)
A primeros del siglo IV llegaba a España, procedente de Roma, el impío y sanguinario Daciano, con todos los poderes de su Emperador para acabar de una con los seguidores de Jesucristo. Venía precedido de un terrible nombre como sembrador de surcos de sangre inocente por el único delito de hacer el bien, de perdonar y querer a todos y de seguir la doctrina de uno que había muerto por la salvación de todos.
El gran poeta cristiano Aurelio Prudencio dedica este sencillo recuerdo en su poema Peristephanon a la historia de estos dos invictos hermanos los santos Justo y Pastor: "Siempre será una gloria para Alcalá el llevar en su regazo la sangre de Justo con la de Pastor, dos sepulcros iguales donde se contiene el don de ambos: sus preciosos miembros".
¿Quiénes eran estos dos invictos niños? Eran hermanos y vivían en Alcalá de Henares en una familia modelo por sus virtudes cristianas. Sus padres les habían educado en el santo amor de Dios, y la virtud de la fortaleza, como don del Espíritu Santo que habían recibido con el santo Bautismo, iba creciendo de día en día en sus tiernos corazones. De su edad nos dice uno de los himnos litúrgicos de su fiesta: "Justo apenas contaba siete años; Pastor había cumplido los nueve".
Pasó bastante tiempo después de esta persecución de Daciano hasta que pudieron dar con los cuerpecillos de estos dos niños hermanos. Debemos a San Ildefonso (+ 667) sabrosas noticias sobre el hallazgo de sus cuerpos que a la vez nos proporcionan muy interesantes datos sobre su vida y martirio. Dice este Santo Doctor que el hallazgo de estos benditos cuerpos que sufrieron de tan niños el martirio por Cristo, se debe al Obispo de Toledo llamado Asturio. Este santo obispo no paró hasta dar con ellos y en su honor edificó una Iglesia en Alcalá y les amó tan entrañablemente que ya no quiso volver a su sede toledana y quiso permanecer al lado del sepulcro de estos heroicos niños hasta su muerte. A él, a Asturio, se deben los textos litúrgicos de la Misa y Oficio de los hermanos Justo y Pastor. En ellos trae esta oración: "Verdaderamente santo, verdaderamente bendito Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que robusteció la infancia de sus pequeños Justo y Pastor para que, a pesar de su tierna edad, pudiesen soportar los tormentos del perseguidor, y que en ellos se dignó hablar por el don de la gracia, cuando ambos se estimulaban mutuamente para el martirio, quienes habían de alcanzarlo, no por la fortaleza de su cuerpo, sino de su espíritu... Te pedimos que merezcamos vivir con la inocencia de aquellos cuya fiesta solemne celebramos hoy. Por Cristo Señor y Redentor eterno".
Los dos hermanos eran como una sola cosa. Vivían unidos no sólo por los lazos de la carne sino también por los mismos gustos: Juntos comían, juntos dormían, juntos estudiaban. Juntos iban al colegio. Juntos a los rezos... Bien pudo cantar el poeta: "Lo que ama o quiere Pastor, eso quiere también Justo; lo que a éste le da disgusto, también disgusta al mayor. Si el uno al martirio aspira, por morir otro suspira; y al cruel cuchillo los dos, el cuello ofrecen por Dios, que desde el cielo los mira".
San Ildefonso de Toledo en su apéndice a su obra Varones ilustres, dice: "Mientras eran conducidos al lugar del suplicio mutuamente se estimulaban los dos corderitos. Porque Justo, el más pequeño, temeroso de que su hermano desfalleciera, le hablaba así: "No tengas miedo, hermanito, recibe tranquilo el golpe de la espada"... Sonrientes, mueren por Cristo por el año 304.
(Propio de España - 6 de Agosto)